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Por: Héctor Francisco Torres, Gerente General LHH Colombia

Muchas organizaciones comienzan por esta época a trabajar en sus planes de negocios para 2025, otras adelantan ejercicios de forecast, outlook, soft landing u otros nombres bajo los cuales se suelen proyectar los resultados para el cierre de 2024 y las que han optado por las metodologías ágiles revisan, por segunda vez en el año, su estrategia completa de negocio. Estas actividades −en ocasiones muy demandantes en términos de tiempo y de recursos− que generalmente encajan dentro del concepto de planeación estratégica no tienen un propósito diferente del de aclimatar el negocio a los cambios del mercado, atender las expectativas y demandas de clientes y consumidores, incorporar las herramientas tecnológicas más innovadoras y anticiparse a las acciones de los competidores, todo ello para garantizar el éxito a corto y mediano plazo.

Hace dos o tres décadas estos mismos ejercicios, aunque rigurosos, eran menos exigentes: consistían en pronosticar el comportamiento del mercado con base en los estudios disponibles y aplicar las variables macroeconómicas, especialmente las de crecimiento económico, inflación y tasas de cambio para lograr el mejor balance posible entre las ventas, los costos y los gastos, y así obtener los niveles de Ebitda esperados. Hoy en día el proceso es más complejo pues hay muchas variables en juego y buena parte de ellas son prácticamente imposibles de predecir para el común de los directivos empresariales (recordemos la teoría de Taleb sobre los “cisnes negros”). Por ello se hace necesario complementar el rigor metodológico de revisión y actualización de la estrategia deliberada con las virtudes que en no pocas instancias tiene la estrategia emergente.

Para que la estrategia deliberada funcione tal como fue planteada, afirmaba el profesor de Harvard Business School Clayton Christensen, es indispensable que todos los empleados la entiendan pues solo así la pueden segmentar en actividades individuales que contribuyan a su implementación exitosa. Por su parte, la estrategia emergente, que al decir de Christensen es producto de la innovación espontánea, es por definición más flexible y tiene como ventaja principal que reconsiderar las prioridades y aprovechar las oportunidades a medida que aparezcan en el horizonte empresarial.

Así como el funcionamiento de la estrategia deliberada requiere de su entendimiento pleno por parte de todas las personas involucradas en el logro de los resultados, la receta para una estrategia emergente victoriosa exige dos ingredientes: la consolidación de un ambiente de trabajo donde prime la seguridad sicológica y el desarrollo de una cultura centrada en la movilidad del talento.

El primer componente de la fórmula consiste en garantizar que todas las personas que aportan a la estrategia se sientan incluidas pues solamente así afianzaran su capacidad para aprender, contribuir y desafiar el statu quo sin temor a represalias. Su implementación no depende de sofisticadas campañas promovidas por las áreas de gestión humana sino de la voluntad, los comportamientos y el ejemplo que cotidianamente den los líderes de la organización.

El segundo elemento, parte del reconocimiento del talento como insumo esencial de la innovación espontánea y de la relevancia de contar con políticas organizacionales que potencialicen la capacidad de contribución de las personas que son, valga el momento para reiterarlo, el mayor diferenciador que puede tener una organización frente a sus competidores. Tales políticas pueden estar relacionadas con el desarrollo de competencias exclusivamente humanas, la cultura de progresión de carrera y la fidelización del talento a través de prácticas que vayan más allá de los beneficios monetarios.

Conviene aprovechar los ejercicios de planeación estratégica para incorporar acciones concretas que apunten a la consolidación de estos dos ingredientes sustanciales para la consecución de los objetivos del negocio.

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