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El impacto transversal que tiene la tecnología sobre nuestras vidas es indiscutible. En el siglo XXI, la educación, la comunicación, el acceso a la información, el entretenimiento y la productividad de las empresas serían inconcebibles sin ella.

Cuando Klaus Schwab introdujo el concepto de la cuarta revolución industrial hace siete años, la tecnología fue percibida como una amenaza para el empleo, pues en ese momento se estimó que destruiría cerca de veinte millones de puestos de trabajo alrededor del mundo, particularmente en la industria manufacturera, donde la robotización podría suplir con facilidad la mano de obra humana. Esta debacle no ocurrió y, contrario a lo que se pensaba, nacieron otros cargos que, por supuesto, exigían el desarrollo de nuevas habilidades para que las personas no cayeran en la temida obsolescencia y se mantuvieran vigentes, productivas y competitivas en el nuevo entorno de negocios.

Este giro en el mundo del trabajo impuso también un desafío para las organizaciones, que enfrentaron la necesidad de desarrollar rápidamente nuevas competencias para abordar con éxito la incertidumbre asociada con la volatilidad y complejidad que se apoderó del mundo. Y este desafío resultaba inédito, pues las competencias requeridas no eran solamente de conocimiento sino de mentalidad, comportamiento y liderazgo, que exigían un abordaje muy distinto al tradicional de la capacitación empresarial y en las cuales radicaba la ansiada diferenciación que la mayoría de las empresas buscaban (y siguen buscando).

Surgió así la necesidad de contar con instrumentos prácticos de experimentación que apoyaran el desarrollo efectivo de estas nuevas habilidades y, aprovechando la tecnología y su acelerada evolución, los simuladores digitales, individuales y grupales, se impusieron como la mejor alternativa, dadas las ventajas que presentan para las empresas.

Ofrecen, en primer lugar, una experiencia realista. Los simuladores brindan a los empleados la oportunidad de adquirir destrezas mediante la experimentación segura y sin impacto real sobre los resultados empresariales. Las personas pueden cometer errores, entender sus consecuencias y aprender de ellos sin poner en riesgo la sostenibilidad del negocio, permitiendo a la vez la acumulación de experiencia útil para el futuro.

La segunda ventaja evidente de los juegos de simulación para el desarrollo de destrezas humanas consiste en el acceso a la retroalimentación y a la revisión del impacto de las decisiones tomadas, de manera inmediata y detallada, permitiendo a los participantes evaluar y tomar acción sobre su propio desempeño en un ambiente ficticio, que es luego fácilmente extrapolable a la realidad de sus actividades productivas. Aparece de nuevo el error como fuente de conocimiento y experiencia, sin que implique ningún tipo de impacto negativo sobre el negocio.

Pero quizás el atributo más relevante de la tecnología al servicio del desarrollo del talento consiste en que, a diferencia de la enseñanza tradicional en aulas de clase, la experimentación directa aumenta la retención del aprendizaje, acelera el desarrollo de habilidades y prepara a las personas para afrontar situaciones reales luego de la práctica en un entorno seguro y controlado.

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